Julián

Julián le decían,
nombre que él apenas reconocía.
El perfume de maderas
coincidía con la siesta,
entretejida en madreselvas…
Habitaba un espacio tan pequeño,
que su lecho comulgaba con el pan
y los inviernos
y su ropa temblorosa,
castigada por las hojas
de los meses con demoras,
hicieron de Julián, casi una historia…

Lo despertaban los recuerdos
muy al alba de sus sueños,
y caminaba hacia el bosque
que él confundía con desiertos.
Porque achicaba la mirada
al verse en los espejos
y ensombrecía el seño
al vislumbrar en sus manos
el talento…
Acariciaba la madera
y la respiraba en silencio
y su corazón palpitante
apenas le confirmaba el acierto.

Perfumes de robles, algarrobos
y cedros,
que envasaba en los cristales
diluyendo los recuerdos,
que vendía por monedas
para sostener sus inviernos.
Nadie entendía por qué
se ocultaba con celo,
hasta que un día rompió,
quebrando de lluvia
sus cielos…
En el espejo del baño,
húmedo del vapor de leños,
aparecieron aquellas imágenes
que tanto abandono
le trajeron,
y como un niño asustado,
parado como los cedros,
afiló la mirada
y enfrentó su más temido secreto…

Ahí estaba,
deformado su talento,
emborrachado de apatía,
hachando con furia los árboles
muertos,
enriquecido de soberbia,
vendedor sin sueldo,
sin límite su hambre,
despiadado al sentir su cuerpo.
De ser como creía,
no habría lugar que lo albergara
sin miedo,
su mente lo convenció de su ira,
exacerbando su poder
hasta sentir arrepentimiento.

Parado como nunca sintió su cuerpo
y su corazón fue balbuceando
su canto,
hasta esfumar el recuerdo.
El sol iluminaba su baño,
las madreselvas sonreían de lejos,
los árboles  ofrecían sus ramas
y su mirada extendió el horizonte
de aromas nuevos.

Envasó la miel,
en su corazón hambriento,
y el bosque estalló en colores,
luz que extrañaba
en el cuarto pequeño.
A su puerta tocaron
los compradores aquellos,
que al abrir los frascos
de súbito comprendieron,
que el aroma de los árboles
es Espíritu del monte entero
y que cada cual tiene un milagro,
un don, un talento,
que al percibirlo transforma
la Vida en Agradecimiento…

Firmaba los perfumes “de corazón”
sin verlos,
porque en ese entonces,
solía ensombrecer el seño…
           Pedido de ayuda al Cielo.

María Soledad Ranzuglia
Del libro “¿Dónde estás mi Vida?”